martes, 4 de febrero de 2020

Winston Churchill: "¿Qué significa todo esto de los Platillos Voladores ?"

Avistamiento masivo de ovnis en Washington D.C. que causó pánico en los órganos militares más altos de los EE.UU.

Esta carta fue enviada en julio de 1952 por el primer ministro británico, Winston Churchill al secretario de Estado de la Fuerza Aérea, Lord Cherwell, luego de la noticia de un avistamiento masivo de Objeto Voladores no Identificados sobrevolando Washington D.C. ocurrido pocos días antes. En esta misiva, Churchill le preguntó al funcionario, qué se escondía detrás del fenómeno ovni.

Este es el documento oficial, desclasificado por las instituciones militares de Gran Bretaña:

"What does all this stuff about flying saucers amount to? What can it mean? What is the truth: Let me have a report at your convenience".

"¿Qué significa todo esto sobre los 'platillos voladores'? ¿Qué significa? ¿Cuál es la verdad?:

Envíeme un informe".

No se sabe hasta la fecha, qué informe le envió Lord Cherwell a Churchill, sin embargo, esta misiva, confirma el interés que el primer ministro británico mostró sobre los Ovnis. 

Según muchos investigadores, durante la Segunda Guerra Mundial, Churchill conoció diversos testimonios de sus militares comentando encuentros con estos extraños objetos. 

En más de una ocasión, Winston Churchill pidió que aquella información se mantuviera en absoluto secreto.


lunes, 3 de febrero de 2020

David Icke: Cuando vengan a golpear a tu puerta

Pequeño video donde David Icke nos habla de la importacia de sacar la cabeza de la arena y allí mismo trazar la línea divisoria que nos puede liberar de la dictadura que se avecina. 





Nos cuenta cómo la gente debe despertar cuanto antes y encarar la realidad en la que vive, así les duela. “Si duele o molesta, muy seguramente es verdad.”



Youtube : Fabiocomplejo

domingo, 2 de febrero de 2020

Arquitectos del control, de Michael Tsarion: el origen del Mal y los Asesinos Teledirigidos

Sin duda alguna, el irlandés Michael Tsarion es uno de los grandes investigadores de la verdad oculta.

Para quien no lo conozcais, este vídeo que os ofrezco será un gran descubrimiento y para los que llevéis más tiempo en esta investigación del comienzo de una Era os servirá para aclarar cuestiones, refrescar datos y adquirir otros…

Tsarion ofrece una retrospectiva de las personas que fueron ofreciéndonos esta vital información sobre cómo nos manipulan, con especial atención a los asesinos sin motivo, Asesinos MK Ultra o teledirigidos.

Os pongo los dos primeros y seguís la pista: gracias a Albasilente, los tenéis en castellano.

sábado, 1 de febrero de 2020

¿ Cual es el Origen de los habitantes del Antiguo Egipto ?

Diodoro de Sicilia escribe: "Los Egipcios eran extranjeros, quienes, en tiempos remotos, se asentaron en las orillas del Nilo, trayendo con ellos la civilización de su patria [¿Atlántida?] el arte de la escritura, y un brillante lenguaje.

Ellos habían venido de la dirección de la puesta del sol [el lejano Oeste] y fueron los más antiguos de los hombres." (Biblioteca de la Historia)

En el antiguo Egipto, así como en la India, tenía un sistema de castas, con la clase dominante y la nobleza siendo principalmente de rubios y pelirrojos.

¿Cómo lucia un antiguo Egipcio pre-dinástico? Nombrado "Ginger", este hombre del antiguo Egipto murió hace más de 5,000 años, sin embargo, su cabello dorado, el cuál le dio su apodo, aún se conserva perfectamente. (Museo Británico)

El pelirrojo Ramsés II.

Exámenes microscópicos demostraron que las raíces de su cabello contenían rastros de pigmentos rojos naturales, y que por lo tanto, durante su juventud, Ramsés II había sido pelirrojo.




Se concluyó que estos pigmentos rojos de ninguna manera fueron el resultado de la decoloración del cabello, o alteramiento post mortem, estos en realidad representan el color natural del cabello de Ramsés.

Ceccaldi también analizó una sección transversal de sus cabellos, y determino por su forma ovalada, que Ramsés había sido "cymotrich" (de cabello ondulado). Por último, declaró que tal combinación de características mostró que Ramsés había sido "leucoderm" (persona de piel blanca). [Balout, et al. (1985) 254-257.]

La Reina Hetop-Heres II, de la cuarta dinastía, hija de Keops, es mostrada en los relieves coloridos de su tumba como una distintiva rubia.

Su cabello está pintado de un amarillo brillante con pequeñas líneas horizontales rojas y su piel es blanca. (Las razas de Europa, Carleton Stevens Coon, Nueva York, Macmillan. 1939, p.98)

Escílax, navegante y geógrafo griego del siglo VI. Por su parte, el escritor griego Plutarco se había referido al pueblo de Seth, regente de Egipto durante la Primera Dinastía (3.100 a.C.), como formado por hombres pelirrojos.

Sir Wallis Budge, en los años treinta, basándose en la observación de numerosos cuerpos no momificados pero bien conservados por las arenas del desierto afirmaba que "los egipcios predinásticos pertenecían a una raza blanca o de piel clara con cabello claro; eran en muchos aspectos parecidos a los antiguos libios".

La presencia de estos rasgos de raza blanca se dan mayoritariamente en las primeras dinastías.

En algunos textos religiosos egipcios aparecen como los venerables del norte y estos análisis nos demuestran que no fueron seres de leyenda, sino que existieron en realidad y posiblemente fueron ellos los que hicieron esas grandes obras en Egipto....




“¡Soldados! ¡Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos nos contemplan!” (Napoleón Bonaparte, durante su paso por Egipto)

Dioses, alienígenas y atlantes

Hasta tiempos relativamente recientes, un aura de misterio rodeaba el origen de una de las más grandes y antiguas civilizaciones surgidas sobre la faz de la Tierra. 

¿Cómo apareció en las orillas de un anárquico río africano semejante cultura, capaz de erigir las grandes pirámides, los grandes templos, la Esfinge? Uno podría decir sencillamente “por las buenas, como en cualquier otra parte”. Pero lo cierto es que la respuesta en el caso de los egipcios nunca pudo ser así de simple.

Antes de la aparición de la civilización egipcia tal y como la conocemos —a finales del Pleistoceno— el Valle del Nilo ya abundaba en tierras muy fértiles arrastradas por un torrente fluvial en cuyas riberas merodeaban grupos humanos desde bastante tiempo atrás. 

Pero era un hábitat impredecible y caótico en el que resulta difícil imaginar de qué manera pudieron evolucionar aquellas gentes, que ni siquiera tenían la posibilidad de intentar llevar una vida sedentaria, hasta desarrollar una sociedad tan avanzada y compleja como la egipcia. Hasta hace solamente unas décadas no se había hallado el “eslabón perdido” arqueológico que ilustrase el florecimiento de la cultura egipcia en un entorno tan inconstante y difícil de dominar. 

Se asumía que un hábitat estable resulta necesario para la génesis espontánea de una civilización avanzada, una asunción muy razonable por otra parte. Sin embargo, los últimos mil kilómetros del colosal río africano —allí donde surgió el imperio de los faraones— no se podrían describir precisamente como un “hábitat estable”. Más bien al contrario, el Nilo era eternamente cambiante, inundando la región cada año con un ímpetu caprichoso e irregular. 

Dependiendo de cómo y cuánto hubiesen descargado las lluvias tropicales al sur, en las regiones del Lago Victoria y Etiopía desde donde el río traía su caudal, los habitantes de las riberas nunca sabían cuán lejos llegaría el nuevo asalto de las aguas. Aquellas primitivas tribus, pues, no disponían de un lugar donde establecerse tranquilamente y erigir una aldea permanente que no fuese inundada, un hogar donde desarrollar tranquilamente una cultura avanzada.

Así pues, el surgimiento espontáneo de Egipto en un paraje semejante resultaba difícil de justificar. Los propios egipcios lo atribuían a los dioses. Los arqueólogos solían responder a la cuestión aludiendo a influencias externas, generalmente la llegada de una cultura extranjera a la región, imaginando que los egipcios eran en realidad el producto derivativo de una civilización surgida en otro lugar. 

Por no faltar, no han faltado ni las explicaciones más delirantes: desvaríos folclóricos que han vinculado el origen de Egipto con elementos tan de ciencia ficción como los atlantes e incluso los alienígenas, aunque lógicamente estas fantasías no satisfacían más que a los consumidores de revistas y libros sensacionalistas. 

En resumen: se necesitaba una versión que casara mejor con la evidencia arqueológica y el sentido común. Dicha versión se ha ido construyendo poco a poco, pero como decíamos ha sido durante las últimas décadas cuando finalmente se ha podido recomponer buena parte del rompecabezas hasta lograr un relato coherente de la aparición de la civilización egipcia. No es que lo sepamos todo, pero al menos sí podemos reconstruir el argumento de la película… sin recurrir a los extraterrestres.

En busca del “Big Bang” egipcioEl griego Heródoto llamó a Egipto «el país con más maravillas que hay en el mundo».

Subamos a una máquina del tiempo, tiremos de la palanca de mando y retrocedamos unos 2500 años. Viajaremos hasta el siglo V antes de Cristo, justo la época en que vivió el erudito griego Heródoto de Halicarnaso. Para nosotros, habitantes del siglo XXI, su nombre sugiere una era lejana de la que apenas resta un puñado de ruinas; imponentes, pero ruinas al fin y al cabo. Es la Edad Antigua, cuya realidad hoy se nos aparece como en un sueño desperdigado en fragmentos polvorientos, despojos en forma de vasijas rotas y utensilios repartidos por excavaciones arqueológicas y museos.

Sin embargo tenemos algo más como testimonio de la época y es algo que resulta particularmente valioso: textos escritos por individuos de aquellos años, donde nos hablan acerca de cómo veían la vida y cuáles eran sus maneras de pensar y de actuar. Entre esos importantes escritos están precisamente los de Heródoto, un hombre movido por la curiosidad y el ansia de saber que se empeñó en recoger con detalle los más importantes sucesos del mundo conocido. Su gran obra son las ἱστορίαι («Historias»), nueve volúmenes en los que narraba grandes hechos y de paso describía algunas de las principales civilizaciones que existían en su tiempo. 

Es por aquellos textos que se considera a Heródoto como el “padre de todos los historiadores”. Pero además de la crónica historiográfica, el testimonio de Heródoto resulta todavía más importante porque viajó a algunos de los lugares descritos en sus Historias y registró sus impresiones en primera persona. 

En el segundo de aquellos libros, titulado Euterpe —nombre de Musa, ya que cada volumen estaba dedicado a una deidad distinta— nos retrata Egipto tal cual era cuando él lo visitó, más de cuatrocientos años antes del comienzo de nuestra era. Su descripción es lo suficientemente detallada y vívida como para resultar irresistiblemente fascinante.

Él mismo estaba fascinado también. Así como nosotros miramos con asombro los restos de la Grecia de aquel siglo V a. C. y cuando posamos nuestros ojos en esos restos sentimos que nos asomamos al abismo de los tiempos para atisbar retazos de un pasado fantásticamente remoto, así mismo sintió Heródoto el vértigo de los milenios cuando visitó Egipto. 

Incluso desde su perspectiva, Egipto era un lugar de ancianidad inmemorial, repleto de monumentos y reliquias que acumulaban ya por entonces miles de años de existencia. Heródoto provenía de una civilización avanzada, la griega, pero no pudo evitar que Egipto lo dejase sumamente sobrecogido. Aunque por entonces la vieja nación de los faraones ya había perdido buena parte de su poder, Heródoto entendió que se hallaba ante la más colosal de las civilizaciones conocidas y que Egipto había constituido el más impresionante despliegue de grandeza en la historia del ser humano.

Durante su estancia en la región conoció personalmente a aquellos mismos egipcios que a lo largo de milenios habían imperado orgullosamente en el valle del Nilo. Cuando visitó el norte de Egipto, este había sido conquistado por el Imperio persa y además se habían establecido allí numerosas colonias de inmigrantes griegos, pero Heródoto pudo comprobar que los egipcios se preciaban de mantenerse separados de los extranjeros, fieles a sus tradiciones inmemoriales y cultivando unas costumbres cuyo fundamento se perdía en las tinieblas de edades ya olvidadas. El historiador fue profusamente ilustrado acerca del pasado y el presente de Egipto por anfitriones como los sacerdotes egipcios de Menfis y los colonos griegos que hablaban su mismo idioma. 




Pero además de escuchar y anotar aquellos relatos, Heródoto hizo lo que hoy llamaríamos un auténtico reportaje de investigación: salió a la calle y observó de cerca la vida de los ciudadanos de a pie. Mirándolo todo con ojos europeos, quedó asombrado por el carácter exótico y sofisticado de aquellas gentes que mostraban hábitos muy diferentes a los de otras civilizaciones mediterráneas conocidas y estudiadas por él:

En otras naciones los sacerdotes dejan crecer su cabello, pero en Egipto los sacerdotes se rasuran la cabeza. Entre otros pueblos, los familiares de un difunto acostumbran a exhibir el duelo cortándose el cabello, pero los egipcios, aunque habituados a afeitarse, se dejan crecer el cabello y la barba durante el luto. Otros hombres viven separados de sus animales, pero los egipcios viven junto a ellos. En otras regiones los hombres se alimentan de trigo y cebada, pero un egipcio considera que rebajarse a comer dichos granos es indigno y se alimentan de olyra, también llamada espelta. Amasan la pasta con los pies y el lodo con las manos; también recogen el estiércol. Otros hombres dejan su miembro viril intacto, pero los egipcios se circuncidan. (…) 

Son muy supersticiosos, más que cualquier otro pueblo, y siguen estos ceremoniales: beben en vasos de bronce, que limpian cada día. No limpian un día algunos vasos y otros al día siguiente, sino que siempre los limpian todos. Llevan ropajes de lino y se preocupan mucho de que estén siempre bien lavados. 

Se circuncidan por motivo de higiene y prefieren mostrarse aseados a ser bellos. Los sacerdotes afeitan todo su cuerpo cada dos días, para que ningún piojo o sabandija halle lugar en ellos. (…) Los egipcios, debido a la peculiaridad de su clima y al río en el que viven, que no se parece a ningún otro río, han desarrollado para casi todos los aspectos de la vida costumbres que son contrarias a las de los demás pueblos.La Gran Pirámide tenía ya dos milenios de antigüedad cuando un pasmado Heródoto puso sus ojos en ella.

Ese carácter distintivo del ciudadano egipcio le hablaba de un pueblo con una historia tan larga que, aun en las vicisitudes de la decadencia, parecía considerarse en un plano diferente y superior al de otras gentes del mundo. Los egipcios del siglo V a. C. sabían que Egipto había sido un gran imperio incluso en remotas épocas donde muchos otros pueblos del planeta apenas habían dado sus primeros pasos allende la entrada de la caverna.

 Los egipcios tenían la impresión de ser la nación más antigua de la tierra, la cuna del hombre moderno, y a decir verdad no andaban muy desencaminados. Pero lo que más cautivó la imaginación de Heródoto fue el extraordinario legado monumental de lo que definió como “el país con más maravillas que hay en el mundo”. 

No nos resultará difícil ponernos en el lugar del escritor heleno para comprender su asombro, porque la Gran Pirámide de Keops ya tenía dos mil años de antigüedad (¡dos mil años!) cuando Heródoto posó sus ojos en ella. Semejante prodigio —la única de las Siete Maravillas del mundo antiguo que todavía queda en pie— era la edificación de mayor altura que existía por entonces sobre el planeta, y si su colosal presencia continúa descolocándonos en la actualidad, cabe suponer la hondísima impresión que dejó en un griego del siglo V a. C. Tal grado de monumentalidad era completamente desconocido más allá de las fronteras egipcias. 

El Imperio romano, por poner un ejemplo, ni siquiera existía todavía: la República romana estaba prácticamente en el parvulario. Aquellas construcciones no solamente eran las más antiguas, sino también las más enormes, bellas e imponentes que cabía concebir en la imaginación. ¿Cómo no sentirse sobrecogido ante semejantes visiones del pasado? Aunque parezca mentira, el origen de la cultura egipcia estaba más alejado de Heródoto en el tiempo, de lo que el propio Heródoto lo está de nosotros mismos. Si para nosotros Heródoto representa la Edad Antigua, para él la Edad Antigua estaba representada por Egipto.

También se sintió fascinado por el alto grado de conocimiento que los egipcios tenían acerca de su propio pasado; se trataba de un pueblo culto que desde muchos siglos atrás llevaba un cuidadoso registro de los acontecimientos históricos, si bien les danzaban las fechas debido al uso de diversos sistemas de medición temporal que habían variado a lo largo de los milenios. Sin embargo, aquella historia tan longeva se remomntaba a un punto remoto —el origen— del que no quedaban datos fidedignos. Solamente existían explicaciones mitológicas para responder a la gran pregunta “¿De dónde surgió Egipto?”. 

Estas explicaciones involucraban a dioses, semidioses y hechos fantásticos; mitos que le fueron transmitidos a Heródoto por sus anfitriones y que él escuchó con sumo interés. A falta de información mejor y aun sin creerse estas leyendas, las daba por buenas porque constituían el único conocimiento accesible sobre el Egipto prehistórico. 

Ni siquiera la memoria colectiva parecía recordar aquellos tiempos fundacionales, así que únicamente restaba recurrir al mito. De todos modos, ese mito era la explicación habitual para muchas otros misterios de aquellos tiempos (no debería extrañarnos, ya que hoy están quienes hablan de la Atlántida y naves espaciales).

Tampoco los propios historiadores egipcios gozaron mejor suerte al buscar pistas sobre su propio origen. Doscientos años después de que Heródoto hubiese escrito sus impresiones, fue un sacerdote del culto a Ra, Manetón, quien trabajó afanosamente para construir una muy elaborada Historia de Egipto (originalmente Αίγυπτιαχά, porque pese a ser egipcio escribía en griego, que era la lengua culta del momento). 

Todavía hoy nos basamos en esa obra para dividir la crónica egipcia en diferentes períodos dinásticos. Manetón rebuscó en los archivos y las inscripciones de los monumentos, investigó incansablemente en los archivos recopilando todo el material historiográfico posible. Después se aplicó en la reconstrucción del gigantesco rompecabezas. Al contrario que Heródoto, él sí conocía la lengua egipcia y podía descifrar sus escrituras. 

Sin embargo, a medida que descendía hasta la era predinástica, terminaba topándose también con la mitología. Manetón se encontró con que el pasado era demasiado lejano y que aprehenderlo de manera coherente resultaba imposible.

Inscripción con una lista de reyes, como las que estudió Manetón para dividir la historia de Egipto en dinastías.

Y no es que podamos culpar a Manetón de haber dejado escapar pistas; más bien al contrario, su trabajo fue admirable y asombrosamente concienzudo. Pero todavía no disponía de unas técnicas arqueológicas con las que indagar eficazmente en el pasado. Ni él, ni nadie hasta mucho tiempo después, de hecho. El misterio se mantuvo durante dos mil años más hasta la llegada de la era moderna. 

Durante los siglos XIX y XX se produjo una explosión del interés por la historia del antiguo Egipto y un auge de la egiptología occidental, la cual empezó a apoyarse en evidencias arqueológicas para elaborar su propia justificación del ignoto origen de aquella civilización. En un principio se recurrió a explicaciones condicionadas por una información incompleta. Dicho de otro modo: muchos asumían que la aparición de una cultura tan adelantada en aquella región de África tuvo que deberse a la influencia de un invasor exterior —procedente de un foco civilizado de Oriente Próximo, como Mesopotamia— que habría introducido grandes avances entre los habitantes nativos, más primitivos, de las riberas del Nilo. 

El paso de la primitiva prehistoria al Egipto que todos conocemos habría sido facilitado por la llegada de invasores del norte portadores de nuevos conocimientos como la agricultura, favoreciendo un progreso cultural y tecnológico que terminaría cristalizando en el Egipto de las grandes dinastías. Esta hipótesis casaba con la línea de pensamiento predominante en la historiografía europea —quizá teñida de cierto etnocentrismo, todo sea dicho—, la cual defendía una génesis euroasiática para toda gran civilización avanzada. Y además no parecía haber indicios materiales de una versión alternativa o sencillamente no se supieron buscar e intepretar. 

Sin embargo, con el transcurso de posteriores investigaciones nuevos descubrimientos arqueológicos empezaron a mostrar que la civilización egipcia sí pudo empezar a desarrollarse por sí misma desde los orígenes paleolíticos. Es más, pudo haber iniciado su andadura incluso antes de la época que se había supuesto y sin necesidad de haber sido “iluminada” por un benefactor-invasor del norte. Según aquellos nuevos hallazgos, Egipto fue una civilización genuinamente africana incluso en su origen.

Lo más curioso, sin embargo, es que el desarrollo inicial de la cultura egipcia no habría tenido lugar necesariamente en torno al Nilo. ¿Pudo ocurrir que los egipcios, tal y como los conocemos, empezasen a conformarse alejados de las orillas del río con el que inevitablemente los asociamos?

Hace unos cuantos miles de años…

Remontémonos todavía más en el tiempo, hasta la Edad de Piedra, concretamente a finales del periodo mesolítico. En el nordeste de África, por lo demás una región árida y casi completamente cubierta por el desierto, el caudaloso río Nilo constituía la única arteria portadora de vitalidad y sus riberas eran prácticamente el único lugar habitable. En sus orillas se multiplicaban plantas y animales que servían como sustento a unas primitivas poblaciones humanas que deambulaban de aquí para allá buscando algo que echarse a la boca. Al menos desde finales del Pleistoceno estuvo el valle del Nilo habitado por tribus dedicadas a las formas más arcaicas de existencia: la caza y la recolección de frutos, raíces y demás vegetales comestibles disponibles en la naturaleza salvaje. 

Aquellos grupos de cazadores no abandonaban las inmediaciones del río, ya que más allá de las húmedas riberas únicamente existía un inhóspito e interminable vacío de arena en el que no había agua ni comida y donde el clima era verdaderamente terrible.El río Nilo se desbordaba todos los años, haciendo imposible erigir ciudades permanentes en sus orillas.

Cierto es que en torno a las orillas del río abundaban los recursos alimenticios, pero no por ello la vida allí resultaba fácil.

 El valle del Nilo, como decíamos al principio, era un entorno eternamente cambiante: una vez al año las tremendas crecidas sumergían las tierras del valle por las que vagaban las tribus humanas en busca de comida. La magnitud de aquellas inundaciones resultaba completamente imprevisible. 

El río seguía ciclos dependientes de los cambios climáticos del interior del continente y lo mismo aumentaba su caudal provocando enormes y violentas crecidas que anegaban amplias extensiones de terreno, como al año siguiente disminuía aportando menos agua de la prevista, provocando que las riberas estuviesen más secas y fuese menos abundante el alimento. En mitad de semejante inestabilidad ambiental, aquellas primitivas tribus se las arreglaban para sobrevivir… pero poco más que eso. No estaban en condiciones de evolucionar y desarrollar una cultura compleja, condenados como estaban a ir y venir al dictado de los caprichos del poderoso río. Todavía no disponían de herramientas tecnológicas que permitiesen sacar provecho del fértil aluvión que dejaban tras de sí aquellas crecidas. 

Cazadores nómadas sin un hogar, no conocían la agricultura y lo único que podían hacer era perseguir a sus presas mientras avanzaban y retrocedían al compás de las inundaciones. Además, aquel terreno pantanoso y cálido escondía muchos otros inconvenientes: estaba repleto de cocodrilos, hipopótamos y alimañas varias como serpientes e insectos, especialmente las incontables legiones de simpáticos mosquitos. En las riberas había comida, sí, pero también bastantes motivos para andarse con mucho cuidado.




Con todo, el balance entre recursos e inconvenientes era favorable a los primeros. El Nilo, al menos, permitía una supervivencia básica que resultaba impensable en los áridos alrededores, en el desierto del Sahara. Así pues, durante bastantes milenios aquellos hombres de la Edad de Piedra salieron adelante en mitad de ciertas dificultades pero con abundante comida silvestre a su disposición.

Sin embargo, hace unos 12.000 años (sobre el año 10.000 a. C. de nuestro calendario) se produjo un acontecimiento que determinaría el destino de aquellas gentes para siempre: el cambio climático. Finalizó una larga etapa conocida como la Glaciación de Würm, que había durado 70.000 años, lo cual trajo consigo una inesperada modificación de los patrones climáticos a nivel planetario. En África, las lluvias anuales del monzón tropical que hasta entonces solían limitarse al centro del continente se desplazaron hacia el norte. De repente, una vez al año, una torrencial descarga de agua caía sobre pleno desierto del Sahara. 

Durante los siguientes cuatro milenios —y esta es una imagen que probablemente nos resulte bastante chocante hoy— el Sahara disfrutó de una intensa estación húmeda: cada año, en determinada época, llovía abundantemente sobre el desierto. Como consecuencia lógica, el paisaje en muchos rincones del Sahara iba a cambiar. Aquellas copiosas precipitaciones estacionales propiciaron la aparición de grandes oasis en lugares donde el terreno ofrecía depresiones y cuencas que ejercían como embalses naturales para la recogida de agua. Es decir: aparecieron nuevos y numerosos lagos en mitad del Sahara. En sus orillas se gestaron unos microclimas mucho más benignos que los del desierto circundante, donde crecía la vegetación, incluyendo pastos que podían alimentar a manadas de herbívoros: bóvidos, asnos silvestres, incluso avestruces (mucho más tarde, la pluma de avestruz sería el símbolo de la corona egipcia, lo cual estaba inesperadamente unido a la difusa memoria colectiva de tiempos muy, muy arcaicos). 

También crecían árboles que ayudaban a proteger aquellos oasis del sofocante calor. Cuando los habitantes del Nilo descubrieron la aparición de estos lagos se dieron cuenta de que allí les resultaría mucho más fácil buscarse la vida. Ofrecían un escenario más tranquilo para cazar y recolectar frutos que las inestables riberas del río, así que muchas tribus comenzaron a mudarse hacia el interior del desierto occidental. En consecuencia, la población del valle del Nilo decreció considerablemente a la par que aumentaba en los oasis lacustres del Sahara. En los lagos tendría lugar la evolución hacia otros tipos de subsistencia más avanzada, mientras que las poblaciones que permanecieron en las orillas del Nilo experimentarían una evolución bastante más lenta (aunque allí también hubo cierto avance y los grupos de cazadores terminaron por lo general reconvirtiéndose en pescadores).

Las tribus de los oasis ya no llevaban una existencia encadenada a las crecidas del río, aunque se veían sujetos a otro ciclo: el de la estación de las lluvias. El monzón africano era irregular, más que el asiático. Si algún año flojeaban las precipitaciones, los lagos más pequeños y vulnerables podían llegar a consumirse durante la estación seca, con la consiguiente falta de alimentos y los problemas de las tribus locales para intentar salir adelante. 

De todos modos, aun con aquella posibilidad de sequías, el nuevo hábitat lacustre resultaba más predecible y fácil de manejar que la cuenca del Nilo. Así que cuando las lluvias no les fallaban, aquellos humanos podían permanecer más tiempo en un mismo lugar y llevar una vida más reposada y tranquila, requisito fundamental para la consecución de determinados avances. Pasaron del nomadismo a un seminomadismo que propició una aceleración de su progreso cultural.

Un oasis lacustre en mitad del Sahara actual, que ilustra cómo pudo ser aquel hábitat durante los cuatro milenios de lluvias tropicales en los que allí abundaban lagos de muchos tamaños.

El surgimiento de una nueva sociedad

Durante las épocas en que no se veían obligados a moverse a causa de la sequía, los clanes de los oasis podían ir adquiriendo nuevos conocimientos que mejoraban la relación con su entorno. 

Paulatinamente fueron aprendiendo a domesticar algunos de los animales que los rodeaban; así dejaron de ser cazadores para dedicarse al pastoreo seminómada, aprovechando aquella hierba que bien daba como para alimentar al ganado. El pastoreo era más productivo, no tan cansado y mucho menos peligroso que la caza. Más adelante aprendieron incluso a domesticar plantas: una vez conocido el secreto de la siembra y la cosecha pudieron crear sus propios huertos, procurándose una fuente más o menos regular de hortalizas, legumbres, gramíneas (como el sorgo y el mijo) e incluso alguna que otra fruta (las cuales, por cierto, siempre escasearon en Egipto). 

Aquello marcaba el inicio de una producción agrícola a pequeña escala que serviría como base para soportar poblaciones más numerosas en un futuro. Así la agricultura egipcia nació, sorprendentemente, en mitad del Sahara y no a orillas del Nilo. 

Es más, la aparición de la actividad agrícola en la región fue anterior incluso a la de Oriente Medio, así que la agricultura no fue una importación de pueblos orientales como se pensó durante bastante tiempo

.El pequeño crónlech de Nabta Playa: un calendario astronómico de piedra casi dos mil años anterior al de Stonehenge.

Aquella migración masiva del año 10.000 a. C facilitó pues una progresiva evolución desde la caza y la recolección del Nilo hacia el pastoreo y la agricultura de subsistencia del Sahara. Durante los cuatro milenios en que la región fue mucho más habitable, aquellos hombres y mujeres llegaron a sentirse lo suficientemente confortables como para poder desarrollar una cultura que con el paso de los siglos llegaría a convertirse en la civilización de los faraones. 

Así parecen indicarlo yacimientos arqueológicos situados en el interior del desierto o cerca de los bordes mismos del valle del Nilo; yacimientos como el de Nabta Playa, situado en el sur de Egipto —alejados unos cien kilómetros de las orillas del río— en donde se hallaron restos de una de aquellas poblaciones humanas que sacaban provecho a lo que una vez fue un lago alimentado por las precipitaciones monzónicas. Culturas como la de Nabta Playa seguían teniendo un carácter seminómada pero llegaron a conseguir un dominio más avanzado de la agricultura e incluso se familiarizaron con la astronomía y el calendario. 

Disponían de instrumentos para determinar el momento del año en que se encontraban, así como para intentar predecir la llegada de la estación de las lluvias. Uno de aquellos instrumentos, por ejemplo, era una construcción de piedras dispuestas en círculo con una función astronómica. Todavía se conserva y podríamos apodarla como “el Stonehenge del Sahara”… aunque en realidad es 1000 ó 2000 años más antiguo que el propio crónlech de Stonehenge.

La presencia de megalitos —grandes rocas obtenidas en otro lugar y transportadas hasta el emplazamiento definitivo— nos habla también de que habían desarrollado un elevado nivel de organización, que podían trabajar coordinadamente y realizando esfuerzos en común bajo la planificación de sus primeros ingenieros. 

Empezaron a diseñar construcciones que iban más allá de la simple cabaña, como esculturas de cierto tamaño y tumbas cubiertas por grandes losas de piedra que parecen indicar el enterramiento de caudillos y personajes importantes. Su ingeniería había dado un salto cualitativo y eran capaces de construir pueblos que parecían seguir una planificación arquitectónica previa —incluidas estructuras subterráneas— en una época donde muchos otros grupos humanos del planeta todavía no habían abandonado las cavernas. 

También empezaron a adoptar creencias religiosas complejas en las que los cielos, el sol e incluso el ganado tenían un papel preponderante, además de un elaborado culto al Más Allá, emparentándolos con la futura religión de los faraones. Enterraban a sus muertos con ofrendas como alimentos y aperos de caza que facilitasen su tránsito al otro mundo, orientando los féretros hacia la puesta del sol porque aquella era la dirección por la que se entraba al mundo de los muertos (poniente era el lugar donde «moría» el sol cada atardecer).

 Si bien todavía no podían permitirse el lujo de llevar una existencia total y completamente sedentaria, sí establecieron aldeas que únicamente abandonaban cuando la sequía y la falta de alimentos les forzaban a ello, aunque presumiblemente regresaban a ellas en cuanto las condiciones lo hacían posible. Esto es: aparecieron poblaciones compuestas por edificaciones persistentes. Aquellos cuatro mil años de estabilidad climática posibilitaron que las antiguas tribus paleolíticas se fuesen transformando en el embrión de Egipto.

Se van las lluvias, hay que emigrar de nuevo

Vasija neolítica adornada con dibujos de botes de pesca, vegetación y pájaros.

Pero nada dura para siempre y la tranquila era de los oasis también terminó. Hacia el año 6000 a.C. se produjo un nuevo cambio climático y se revirtió el patrón que había imperado durante los cuatro milenios anteriores. 

Las lluvias monzónicas volvieron a desplazarse hacia el sur, abandonando el desierto para siempre. Los lagos del hasta entonces reverdecido Sahara comenzaron a agostarse uno tras otro, para finalmente extinguirse por completo. 

La crudeza del mar de arena comenzó a reclamar sus antiguas posesiones y los habitantes de aquellos oasis vieron que su relativamente cómoda existencia como pastores y horticultores ya no encontraba acomodo allí. Como quisiera que las agradables praderitas lacustres languidecían y morían, no les quedó más remedio que hacer el equipaje y marcharse en busca de un lugar mejor para vivir: se produjo una nueva oleada migratoria que seguía el camino inverso a la de 4000 años atrás. 

Si bien algunos grupos humanos persiguieron a las lluvias hacia el sur estableciéndose en el Sahel —la franja semiárida que todavía hoy separa el África dorada y desértica de esa otra África verde de la sabana—, la mayoría de los habitantes del Sahara tomaron el camino más fácil y volvieron a establecerse a las orillas del Nilo, junto a las poblaciones más primitivas de cazadores y pescadores que habían permanecido allí por 4000 años.

Sin embargo, los hombres y mujeres que ahora se reasentaban junto al río eran muy distintos de aquellos antepasados que se habían marchado milenios atrás. Ya no eran cazadores y recolectores, sino que poseían un arsenal de conocimientos técnicos que les permitía enfrentarse con más éxito al volátil humor del torrente fluvial. Ahora sabían cómo cuidar el ganado, en el que además de vacas empezó a haber cabras, ovejas, asnos y cerdos. También sabían cómo cultivar y cosechar sus propios vegetales, cómo excavar pozos, cómo construir cabañas dotadas de huertos, fogones, chimeneas e incluso camas de piedra; sabían como medir el tiempo y poseían considerables nociones de astronomía.

 Ahora sí podían intentar aprovechar las hasta entonces catastróficas crecidas del Nilo. Acostumbrados a ingeniárselas en mitad de los vaivenes hídricos de los lagos del interior, no tardarían en descubrir la manera de exprimir las posibilidades de aquella tierra negra de aluvión que el Nilo traía consigo desde el corazón del continente, la cual quedaba al descubierto cuando las inundaciones remitían. 

Todo lo que aquellas tribus tenían que hacer era plantar sus cultivos al retirarse la última inundación y cosechar justo antes de que se produjera la siguiente. Para cuando el río volvía a crecer y anegaba nuevamente el terreno cultivable, las tribus ya tenían sus graneros llenos, puesto que almacenaban alimentos (ahora también el trigo y la cebada) en silos erigidos al efecto. La productividad del terreno de aluvión —de hecho una de las tierras más fértiles del planeta— facilitó una sociedad de granjeros en la que se producía un creciente excedente de comida y en consecuencia un incremento de la población.

 Los inmigrantes del Sahara dominaban manufacturas como la alfarería, la cestería y la confección de tejidos de lino y cuero. También disponían de instrumentos muy cuidadosamente labrados en sílex, hueso e incluso marfil, los cuales eran cada vez más delicados y de diseño más estético, entre los que abundaban incluso los accesorios para el aseo personal (incluida la aplicación de cosméticos). También eran comunes los accesorios ornamentales para la vestimenta y los amuletos. Aquellos arcaicos egipcios vivían ya lo suficientemente bien como para preocuparse mucho por su aspecto.

Durante mucho tiempo, eso sí, siguieron habitamdo la región en condición de seminómadas. Al contrario de lo que sucedería en otras culturas como la de Mesopotamia, los egipcios no podían fundar ciudades junto al Nilo Como les había ocurrido a sus antepasados, se veían forzados a avanzar y retroceder según el capricho de las crecidas, ya que no tiene mucho sentido intentar construir una vivienda permanente allí donde el agua terminará apareciendo tarde o temprano.

 Y dado que dichas crecidas podían ser mucho más extensas de lo normal sin previo aviso, no había forma humana de fundar una aldea permanente cerca de los cultivos del aluvión y tener la garantía de que no terminaría inundada.

Quizá por ese motivo la evolución de la actividad agrícola egipcia pareció de repente estancarse y acumular cierto retraso con respecto a la agricultura surgida más recientemente en regiones como Oriente Medio. 

Es probablemente que este estancamiento fuese lo que llevó a pesnar durante un tiempo que los egipcios habrían evolucionado hacia la agricultura como consecuencia de la llegada de extranjeros que les enseñaron a labrar la tierra, ya que tras regresar al Nilo sus propios cultivos parecían más primitivos que los de otros lugares del mundo conocido. 




Con todo, aquellos clanes neolíticos seguían evolucionando y yacimientos como los de El Fayum y Merimde-Beni-Salame al norte del país o el de El-Badari al sur, parecen indicar ya un considerable grado de sofisticación, además de la diferenciación cultural entre el Bajo y el Alto Egipto que se mantendría durante el resto de su historia.La granja, elemento básico del retorno al Nilo.

Hacia el 4000 a. C. llegó a Egipto la Edad de los Metales. Las técnicas metalúrgicas empezaron a extenderse por el cauce del Nilo, aunque en este caso sí las aprendieron de sus contactos con los pobladores de Oriente Medio, donde hacia el 5500 a.C. habían surgido culturas mesopotámicas que sabían cómo trabajar el cobre y el plomo. Los primitivos egipcios habían ido ocupando territorios cada vez más extensos, contactando con otros pueblos, y además se había iniciado el intercambio marítimo. Así irrumpieron en Egipto nuevas tecnologías desarrolladas en el extranjero. 

Los egipcios, eso sí, se veían obligados a adquirir ciertas materias primas —muy especialmente los metales— mediante el comercio exterior, comprándoselas a los habitantes del Sinaí, de Nubia o de las orillas del Mar Rojo. La tierra de aluvión era muy fértil pero apenas podía encontrarse materias primas como el metal o la madera, y solamente abundaban minerales como el sílex, muy apropiado para construir útiles aunque menos resistente que el metal. Ello explica que Egipto, aun después de haber descubierto la metalurgia, continuara siendo una cultura muy aferrada a la piedra.

La llegada de la metalurgia, en todo caso, posibilitó la construcción de nuevas herramientas y por ende el desarrollo de técnicas punteras de construcción. Los egipcios estaban forzados a agudizar el ingenio debido a las particulares condiciones de su entorno y pronto volverían a sobrepasar a sus contemporáneos en cuanto a desarrollo tecnológico: gracias al metal se produjo otro considerable salto en su ingeniería y comenzaron a aplicar novedosas ideas para hacer frente al neurótico Nilo. 

Ahora podían trabajar más eficazmente la piedra. Construyeron diques y canales, infraestructuras que les permitían controlar y desviar las inundaciones en determinados puntos del trayecto fluvial, con lo que podían salvaguardar algunos terrenos del asalto de las aguas. 

Así (¡por fin!) tuvieron la oportunidad de fundar asentamientos fijos desde donde llevar una vida sedentaria que les permitiese dedicar más tiempo y esfuerzo a su propia evolución cultural. Nacieron sus primeras ciudades y dio comienzo el llamado periodo predinástico, en el que aparecieron reinos bien definidos y se siguieron conformando varias de las características que asociamos al Egipto clásico. 

Con el sedentarismo, cómo no, también se renovó su tejido industrial. La creciente productividad agrícola, pesquera y ganadera de las ciudades y sus arrabales permitió que cada vez más personas pudiesen habitar la cuenca del Nilo. Con una mayor población, más individuos se dedicaban a tareas creativas, científicas y administrativas. 

Dicho de otro modo: había más cabezas para generar nuevas ideas, había más brazos para ejecutar esas ideas y había unas autoridades centralizadas y fuertes para ordenar que efectivamente esas ideas fuesen ejecutadas. Finalmente, tras varios miles de años, los habitantes de la región habían aprendido a convivir con el ingobernable Nilo y a extraer de él todos los frutos posibles sin tener que vagar constantemente de aquí para allá.

Los restos arqueológicos muestran que comenzaron también a importar piedras preciosas, lo cual, además de demostrar que su comercio exterior estaba floreciendo considerablemente, es signo de una creciente división social y una alta sofisticación. La ornamentación de su cerámica, amuletos y demás utensilios se hizo todavía más rica. 

La planificación urbana y la arquitectura de las propias viviendas también se tornó más compleja, como sabemos por algunos enterramientos de personajes importantes en donde se han encontrado maquetas a escala de los inmuebles propiedad del difunto (una manera de que tuviese un hogar en la otra vida; ¡eso sí es atarse a una hipoteca!). Sus ritos funerarios y religiosos también seguían evolucionando, incluyendo ya las primeras representaciones de los dioses que veríamos más tarde en el panteón egipcio del periodo dinástico. 

Después del año 3500 a.C. comenzaron a erigirse los primeros templos de gran tamaño, aunque algunos todavía estaban hechos con ladrillos de adobe y no con piedra. Pero era el primer paso hacia maravillas como las pirámides. 

La aparición de construcciones cada vez más elaboradas nos habla no solamente de una creciente especialización del trabajo, sino de una lenta y progresiva subdivisión en clases sociales más definidas: con el transcurrir de los siglos terminarían surgiendo aristócratas, sacerdotes y escribas; también artesanos y comerciantes, además de los granjeros y pequeños agricultores, ganaderos, pescadores… aunque en las zonas más áridas, especialmente del Alto Egipto, continuaban concentrándose algunos grupos más empobrecidos de pastores e incluso cazadores que todavía llevaban una existencia nómada y primitiva, pero que ahora constituían poblaciones marginales en lo que era ya una civilización avanzada y floreciente. También se extendió la escritura —como los famosos jeroglíficos—, lo que realmente marcaría la entrada de Egipto en la Historia.

En resumen, estos fueron los orígenes: migraciones masivas a los grandes oasis de un Sahara donde caían lluvias torrenciales y el posterior retorno hacia el Nilo. Más adelante vendría la unificación de los dos Egiptos con sus sucesivas dinastías; los gigantescos templos, los obeliscos, las tumbas faraónicas, los palacios, las pirámides. En definitiva, la civilización egipcia tal y como nuestra común imaginación la concibe. 

En una progresión lenta pero segura, el Nilo vio cómo sus modestas agrupaciones de cazadores habían metamorfoseado en una sociedad fascinante e increíblemente compleja, bastante más sofisticada que ninguna otra que hubiese por entonces en el mundo.

No fueron los dioses, ni los atlantes, ni los extraterrestres, sino largas etapas de cambios climáticos las que posibilitaron la aparición de Egipto. A Heródoto y Manetón, sin lugar a dudas, les hubiese encantado saberlo. 

Hoy, la vieja cultura egipcia hace ya mucho que se extinguió —los agonizantes vestigios, incluyendo los últimos jeroglíficos conocidos, datan del siglo IV de nuestra era—, pero es precisamente en nuestra época moderna cuando empezamos a conocer mejor el nacimiento de una civilización tan única que algunos incluso quisieron pensar que procedía de otro planeta.

Aunque, bien mirado, un planeta donde llovía en el Sahara era realmente otro planeta. Si hoy realmente nos sobreviene un cambio climático, quién sabe en qué nos convertiremos. Quizá dentro de dos mil años habrá un Heródoto que contemple con fascinación nuestros rascacielos ya vacíos y se pregunte «¿de dónde surgió aquella gente?».

viernes, 31 de enero de 2020

El Misterioso Disco del Príncipe Sabu

El polémico disco de esquisto procedente de una tumba de la I Dinastía

En la primera planta del Museo Egipcio de El Cairo y entre dos salas muy próximas a la Sala de las Momias, uno no puede por menos que pararse sorprendido al ver en una pequeña vitrina, aunque no sin cierta dificultad por los reflejos de la luz sobre el cristal que lo cubre, un objeto solitario parecido a una rueda o disco de piedra.

Este extraño objeto al que nos referimos ha desconcertado y sigue desconcertando a todos los egiptólogos que han tenido ocasión de estudiarlo detenidamente.

 El primero de ellos fue su descubridor, Brian Walter Emery, uno de los egiptólogos más importantes del Siglo XX, autor de un clásico de la egiptología, Egipto Arcaico, 1.961, que sigue constituyendo, después de muchos años, un claro referente bibliográfico para el estudio y comprensión de los orígenes de la Antigua Civilización Egipcia.

Realizando unas excavaciones en el año 1.936, en la zona arqueológica de Sakkara, fue descubierta la Tumba del Príncipe Sabu, hijo del faraón Adjuib, gobernante de la I Dinastía (3.000 a.C.).




 Entre los utensilios del ajuar funerario que fueron extraídos, a B. Walter Emery le llamó poderosamente la atención un objeto que definió inicialmente en su informe Las Grandes Tumbas de la I Dinastía como: "...un recipiente con forma de tazón de esquisto...".

Años más tarde, en su obra citada con anterioridad, Egipto Arcaico, hacía un comentario que viene a resumir perfectamente la realidad y situación de este incómodo "cachibache": "...no se ha conseguido ninguna explicación satisfactoria sobre el curioso diseño de este objeto...".

Frontal y horizontalmente, este objeto de 5.000 años no deja de recordarnos a una de nuestra modernas piezas empleadas en la industria tecnológica

Este objeto al que se refería B. Walter Emery en sus informes, tiene 61 centímetros de diámetros, y 10,6 centímetros de altura en la zona central. Está fabricado es esquisto, una roca muy quebradiza y frágil, que requiere un tallado muy laborioso.

 Su forma se asemeja a la de un plato o volante de coche cóncavo, con una especie de tres cortes o palas curvas que recuerdan a la hélice de un barco, y en el centro de ésta, un orificio con un reborde que sobresale como si fuera el receptor de algún eje de una rueda o de algún otro mecanismo desconocido, dispuesto para girar.

Como bien es sabido por todos, la postura que mantiene la egiptología oficial respecto a la aparición y uso de la rueda por parte de los antiguos egipcios, es muy clara y no deja lugar a ninguna duda.

 Su introducción en Egipto nos aseguran, fue debida a la invasión de los Hicsos al final del Imperio Medio, 1.640 a.C., que la utilizaron, entre otras cosas, en sus carros de guerra, y que era conocida también en ese momento por otros muchos pueblos de Oriente Medio.

La pregunta entonces es inevitable: si no es una rueda, ¿qué es el extraño objeto que apareció en la Tumba de un príncipe de la I Dinastía, 1.400 años antes de la invasión de los Hicsos?

A pesar de la complejidad de este problema, el tema se agudiza aún más a raíz de los estudios técnicos que diferentes investigadores han llevado acabo, impulsados por el sorprendente y extraño diseño de este artilugio.

El también egiptólogo Cyril Aldred llegó a la conclusión de que, independientemente de lo que fuese aquel objeto, su diseño se correspondía sin duda, a una reproducción de un objeto metálico anterior mucho

La disposición de su diseño indica claramente que algún tipo de eje atravesaba este enigmático objeto por el orificio situado en su zona central.

más antiguo. De hecho, esta rueda de esquisto apareció en la Tumba del Príncipe Sabu, junto con otros extraños objetos de cobre, prácticamente el único metal que conocían los egipcios en aquella época.




 La duda nos asalta al pensar cómo pudieron diseñar un objeto tan delicado y tan complejo estructuralmente, hace más de 5.000 años.

Una estructura que en el caso de sus tres extraños cortes o palas curvas, nos induce a pensar casi inmediatamente en la utilización de este objeto en un medio líquido.

Este detalle, junto al orificio sobresaliente en la parte central, nos hace sospechar también que este objeto sólo sea una pequeña parte de algún mecanismo más complejo, y que se salvó gracias a una reproducción en piedra que por alguna desconocida razón, realizó un artista, con unas no menos desconocidas herramientas.

Pero..., ¿qué mecanismos existían hace 5.000 años en el Valle del Nilo?

Dentro de la típica política de los arqueólogos y egiptólogos oficialistas, este objeto no es más que una bandeja o el pedestal de algún candelabro, con un diseño producto de la "siempre recurrida casualidad". 

Aunque también es casualidad, que este curioso objeto coincida con el diseño de una de las piezas que la Compañía Lokheed de Misiles y del Espacio, desarrolló para ser encajada herméticamente dentro de un cárter lleno de lubricante. 

Sea lo que sea, este objeto encontrado en una tumba de Sakkara con una edad que como mínimo alcanza los 5.000 años, sigue constituyendo uno de los misterios mejor guardados que se pueden encontrar.

jueves, 30 de enero de 2020

Los Jasones. La Historia Secreta de los Científicos de la Guerra Fría.

La historia de EEUU está marcada por la guerra.

La oligarquía que controla este país sabe que la fuerza militar ha sido un componente indispensable para poder dominar e imponer su hegemonía e imperialismo.

En ese sentido crearon un poderoso lobby militaro-industrial que siempre está a la búsqueda de nuevas armas para perpetuar su supremacía.

Los científicos estadounidenses e incluso notables premios Nobel han participado activamente para proveer estos artefactos a la oligarquía dominante.

Los «Jasones»: el compromiso de los científicos estadounidenses con el desarrollo de proyectos tecnológicos de vanguardia del lobby militaro-industrial imperial

En 1971 aparecieron en la prensa de EEUU los textos llamadosLos Papeles del Pentágono, los cuales eran revelados por Daniel Ellsberg, un antiguo analista de la Rand Corporation [el lobby militar del Pentágono], por esa época también fue publicado el libro La historia secreta de la ciencia en la Guerra Fríade la autora Ann Finkbeiner.

Mientras que el primero ponía al descubierto las maquinaciones del gobierno de EEUU en la época de la guerra del Vietnam. El segundo la existencia de un equipo secreto de científicos que colaboraron –con varias administraciones gubernamentales de turno en Washington.




Este grupo era conocido bajo la apelación del grupo «Jasón» o «los Jasones».

El origen de este nombre viene de la mitología griega, es la historia de Jasón y los Argonautas y la búsqueda del vellocino de oro, objeto que les daría victoria y gloria. Pero respecto a nuestros científicos identificados con el proyecto del Pentágono nada los liga con los trovadores de la leyenda griega ni con el verdadero Jasón, el descubridor de esta piel de carnero de oro pendiendo de la rama de un árbol en Dodona, en el sitio denominado Hiperbórea en el Polo Norte.

«Jasones» era pues la existencia de un equipo secreto de científicos colaboradores de ciertos poderes y como lo comenta el profesor catalán en matemáticas, Salvador López Arnal, gracias a este libro nos enteramos de que hace ya 37 años, en 1971, «los Jasones» representaba un neto compromiso político de un grupo de científicos que incluía las primeras plumas del ámbito de las ciencias físicas y biológicas, incluso algunos de ellos Premios Nóbel de su disciplina. 

«Los Jasones» son entonces científicos de punta del mundo académico norteamericano que, al mismo tiempo, asesoran nada más ni nada menos que al Departamento de Defensa. Si después de esto, alguien teoriza en torno a la separación radical entre ciencia y política en la sociedad contemporánea, les recomendaríamos sosiego y estudio.

Pero no hay duda que vale la pena reparar en su contenido y los propósitos de su autora, Ann Finkbeiner, escritora, redactora científica y directora del programa de posgrado en redacción científica de la Universidad Johns Hopkins (EEUU). Ann Finkbeiner cuando escribe demuestra su admiración a muchos de los componentes del grupo «JASÓN». En su artículo ella cita nombres [de los científicos]:

«...Freeman Dyson sigue peinando su cabello (de color gris, aunque aún mantiene un cierto tono moreno) a lo duque de Windsor...» (p. 271)); 

Pero es cuanto menos sesgada la información que usa, basada en una parte no desdeñable en las declaraciones de los propios «jasones», algunos de los cuales, curiosamente, han objetado que su nombre aparezca públicamente. 

Este libro tiene una introducción y nueve capítulos que llevan los siguientes nombres:

Las bombas; 
Nace Jasón; 
Los años de gloria; 
Héroes; Villanos; 
Cambios; 
Correspondencias; 
Cuellos azules, 
Cuellos blancos, 
¿Quo vadis Jasón?

Y un epílogo, más las fuentes y un útil índice analítico y nominal.

Ann Finkbeiner, Los jasones. La historia secreta de los científicos de la guerra fría. Paidos, Barcelona, 2007, 295 páginas (traducción de Albino Santos Mosquera). Nota: una versión de esta reseña apareció en la revista El Viejo topo, abril de 2008.

Vale la pena nombrar algunos de los grandes científicos que han colaborado en «Jason»: Eugene Wigner, Charles Townes, Hans Bethe, Luis Álvarez, Murray Gell-Mann, Steven Weinberg, Val Fitch, Leon Lederman, y Henry Kendall. Obtuvieron el premio Nóbel en 1963, 1964, 1967, 1969, 1970, 1980, 1988 y 1990 respectivamente.

Cuatro miembros más, que la autora no cita por su nombre, miembros durante un período breve de «Jasón», también alcanzaron el premio. La relación señala un punto esencial del grupo: su independencia...

Steven Weinberg, por ejemplo, abandonó «Jasón» a principios de la década de 1970 tras los estudios que se realizaron sobre Vietnam en estado de guerra. No sabía si lo que hacía servía para algo positivo ha declarado, sin especificar por otra parte qué entendía por positivo y, además, tenía ganas de escribir libros tan excelentes como “Los tres primeros minutos del universo”. Empero, a finales de la década de los ochenta, Weinberg volvió a Jason como asesor senior.

Eduard Frieman, uno de los jasones que había trabajado con armas nucleares, declaró en una entrevista de 2002 que en su opinión todo había ido bien en el grupo hasta el asunto de Vietnam, "que provocó un tremendo desbarajuste interno en Jason". ¿Jasón y Vietnam? ¿Qué es eso? Un breve relato de lo ocurrido sería el siguiente (No es el guión de alguna película de terror en ciernes).

En 1964, en La Jolla, William Nierenberg, un físico que había colaborado en el proyecto Manhattan y que se había unido a Jason en 1962, dirigió un estudio sobre Vietnam probablemente centrado en los métodos de la guerra de guerrillas de los combatientes vietnamitas.




 Aquel verano fue un verano de nuevas ideas y de charlas informativas, algunas de las cuales estuvieron promovidas por el gran físico Muray Gell-Mann, el inventor de los quarks. Algunas de ellas, en opinión del propio Nierenberg, repugnantes y estúpidas. Elaboraron dos informes: "Visión nocturna para contrainsurgentes" y "Documento de trabajo sobre guerra interna"

La posición política de la autora queda reflejada en los compases finales de su estudio. […] En materia de política científica, confiaría ciegamente en ellos. "Me fiaría de los jasones porque me darían su criterio científico honesto aunque éste implicase políticas que entrasen en contradicción directa con el fervor pro - tratados climáticos, anti-defensa antimisiles o pro-prohibiciones de pruebas nucleares de muchos de ellos".

Pero también en las comunidades científicas hay voces críticas que se niegan a arrodillarse y a seguir sendas cientificistas de disparate político y social. Charles Schwartz fue nombrado profesor titular de Berkeley y a partir de 1970 empezó a exigir a sus alumnos la firma de una promesa hipocrática por el que se comprometían a no utilizar la física que él les enseñara para hacer daño a alguien.

Tuvo que desistir. El departamento de una Universidad puntera, no una institución gubernamental ni una corporación armamentística, le amenazó con retirarle la plaza.

Schwartz dejó de enseñar física. Creía que no hacía más que suministrar carne fresca y cultivada a los contratistas de defensa. Empezó a impartir asignaturas sobre la relación entre la ciencia, el gobierno y la sociedad. Dejó de recibir incentivos y aumentos de sueldo porque casi no se dedicaba a la investigación científica. Se convirtió en un activista. 

En 1987, declaro a la Radio Pública Nacional que aunque los jasones presumen de decirles a los generales cuándo no funcionan sus armas, en realidad sólo sirven para hacer que el Pentágono sea más eficiente (Puede verse su opúsculo Science Against the People: The Story of Jasón –La ciencia contra el pueblo: la historia de Jasón- en la red).

Non serviam: ésta es la norma ética esencial de Charles Schwartz, el principio que acompañaba y acompaña a su compromiso ético y científico: la búsqueda de verdades que no estuvieran al servicio de los destructores y dominadores privilegiados de la Tierra. No todos los jasones compartían ni comparten su punto de vista.

El caso de agro-jasones analizado por Armas contra la guerra Alfredo Embid, el respetable médico español encargado de la edición de Armas contra la guerra, a quien el mundo tanto debe, y para quien no parece haber secreto alguno que pueda ser ocultado en los sótanos de la inteligencia anglosajona, publicó en diciembre de 2008 uno de sus siempre esperados boletines.

El que se titula El hongo asesino del trigo beneficia a las multinacionales de los OMG es particularmente interesante desde el punto de vista del ejercicio de la ciencia puesta al servicio de la manipulación genética y del hambre como mecanismo de control social de la periferia del planeta. Veamos ese vivo ejemplo.
El hongo Ug99

La alarma sobre la propagación del hongo Ug99 es utilizada por Monsanto y otras empresas de la agroindustria transgénetica como argumento para conseguir que se cancele la actual prohibición de los Organismos Modificados Genéticamente y conseguir la propagación de ciertos OMG patentados, supuestamente resistentes al hongo Ug99.

Ese hongo es conocido desde 1999 con esa denominación, y ha sido singularizado por la ciencia genética por su particularidad de que mata el trigo, y porque en su contra aparentemente no existe el pesticida eficaz. El Ug99 ya se ha extendido a Pakistán desde África de acuerdo a los informes en la revista británica New Scientist.

Las primeras cepas de Ug99 se encontraron en 1999 en Uganda, de donde siguió su propagación en Kenia en 2001, a Etiopía en 2003 y al Yemen en 2007. Ahora se ha encontrado curiosamente en Irán y puede alcanzar, a través de Pakistán, a la India y China.

No deja de ser curioso que el hongo se haya localizado precisamente en Irán, que es el primer país en la agenda de intervenciones militares estadounidenses y que según los expertos se dirija a China que es uno de los países enemigos a largo plazo, como lo reconoce el Proyecto para una nueva centuria americana, Project for the New American Century (PNAC), del Hudson Institute de Washington, y el American Enterprise Institute for Public Policy Research (1).

Como siempre es necesario hacerse la pregunta clave: ¿quién gana con la propagación del hongo?
Engdahl William y Norman Borlaug

El periodista independiente, economista e historiador William Engdahl señala que una de las consecuencias de la propagación del Ug99 es ya evidente. Un incremento de la campaña de las multinacionales como Monsanto Corporation y otros grandes productores de semillas de plantas genéticamente manipuladas para promover mayor introducción de variedades de trigo OMG supuestamente será resistente a los hongos Ug99.

Se ha informado de que biólogos de Monsanto y en los diversos laboratorios OMG de todo el mundo, el centro de México, CIMMYT y el ICARDA en Kenya, están trabajando para patentar esas cepas.

A la cabeza de ellos está Norman Borlaug, de la Fundación Rockefeller, el agrónomo a cargo de la Revolución Verde. También trabaja el USDA del Servicio de Investigación Agrícola (ARS), la misma agencia que creó con Monsanto la criminal tecnología de semillas Terminator.

Recuérdese que en la década de los cincuentas, la Fundación Rockefeller introdujo la denominada Revolución Verde que, entre otros, tuvo como resultado una reducción de las variedades de trigo que pudiera resistir este nuevo brote de hongos.

En 1946 Nelson Rockefeller y Henry Wallace, antiguo secretario de agricultura y fundador de la compañía Pioneer Hi-Bred Seed sentaron en México las bases de la Revolución Verde con el pretendido propósito de acabar con el hambre.

Lo que en opinión del doctor Alfredo Embid el objetivo real era desarrollar una industria agro-alimenticia mundializada dependiente de la industria petroquímica y de las inversiones financieras. Sectores bien manejados por los Rockefeller, lo que facilitó la monopolización agrícola en cada vez menos manos.

 El resultado era previsible: la revolución agronómica, que al mismo tiempo que aumentaban las desigualdades entre ricos y pobres, lejos de acabar con el hambre contribuyó a extenderla. El aumento del hambre y la desnutrición naturalmente produjeron un aumento de la mortalidad.

Cita Embid el libro Las semillas de la destrucción, y William Engdahl, investigador asociado del Centro de Investigaciones sobre la Globalización de Canadá, documenta extensamente el papel de Borlaug, que obtuvo el Premio Nobel, y la Fundación Rockefeller en la promoción de las patentes sobre semillas de los alimentos para reducir la población mundial.




La noticia de la propagación del hongo beneficia a las multinacionales de EU en su estrategia de extender los OGM.

 La consecuencia de la propagación efectiva del hongo será producir más hambre aun, dice el doctor Alfredo Embid, y una reducción de la población que es el objetivo de los poderosos desde hace décadas.

Los estragos y la desmoralización causados por este pillaje y los que están aún en periodo de experimentación han llegado acompañados por la incitación al fraude resultante de la inusitada expansión del crédito caro y especulativo.

Esto tiene que producir los efectos perversos que las empresas transnacionales y el crimen organizado, provistos cartas de naturalidad para sobrevivir a la crisis, necesitan para permanecer en el escenario.

Graduado de periodismo en la Universidad Nacional de México. Cofundador del diario Libération. Corresponsal de la Red Voltaire en México. 

miércoles, 29 de enero de 2020

La Estela de Naransim

En su obra El Duodécimo Planeta, el investigador Zecharia Sitchin, llama la atención sobre una estela sumeria localizada en el Museo del Louvre de París, que representa según los estudiosos al Rey de Akkad, el soberano Naramsin (2.300 a.C.).

Aseguran que esta estela celebra la victoria de Naramsin sobre sus enemigos en el campo de batalla.

 El propio rey ocupa la figura central pisoteando a sus contrincantes con una lanza en su mano derecha, mientras observa desafiante a lo que parece ser una montaña con un extraño diseño cónico y sobre la cual a su vez se pueden apreciar claramente al menos, dos cuerpos celestes, aunque se adivina un tercero un tanto deteriorado arriba del todo.

En primer lugar, extraña enormemente la afirmación categórica de que la figura central de toda esta escena sea la del Rey Naramsin, pues como bien es sabido por los especialistas en la cosmogonía, mitos y leyendas del oriente medio, los dioses sumerios al igual que otros muchos de la zona, siempre eran representados con un casco con cuernos, como el de la figura que supuestamente representa al soberano de Akkad.

Pero lo que más llama la atención es sin duda, la presencia de "dos soles" (o más) en el firmamento, precisamente sobre la cumbre de una no menos sorprendente montaña, y que Zecharia Sitchin asocia más a la figura de un cohete por muy fantástico que pueda parecer.




¿Por qué hay al menos dos cuerpos brillantes sobre el cielo? ¿Representa esta escena algún acontecimiento astronómico de relevante importancia en aquella época y no el de una simple exaltación a la figura épica de un rey?.

Pocos autores como Zecharia Sitchin han estudiado tan a fondo las actividades de los antiguos dioses desde un punto de vista físico en su relación con el hombre.

Este libro es todo un clásico dentro del genero de la astroarqueología, y es el primero de su colección las "Crónicas terrestres".

Basta decir que el propio Sitchin, así como otros investigadores sostienen la teoría de que los antiguos sumerios conocían la existencia de todos los planetas del Sistema Solar, desde Mercurio a Plutón, éste último descubierto a principios del siglo XX.

Y la presencia de un planeta más, con una órbita alrededor del Sol gigantesca (cada 3.600 años), del cual procedían los "Nephilim", los dioses de su panteón y que en sus principios fueron el génesis de la vida sobre la Tierra y la causa de la rápida evolución del hombre en nuestro mundo mediante intervención genética.

Aún hoy sigue siendo un misterio para la ciencia el establecer el origen de la civilización sumeria, aparecida de la noche a la mañana, con una estructura social extremadamente compleja.

La agricultura, la metalurgia, la alfarería, la música, la medicina, las leyes, etc, etc,... alcanzaron una dimensión totalmente desconocida en un periodo brevísimo de tiempo, después de más de dos millones de años de una evolución aparentemente lenta y sin grandes sobresaltos, en la que el hombre había estado más cerca de un estilo de vida animal.

En la imagen de la izquierda tenemos un sello del tercer milenio a.C., conocido con el nombre de VA/243, extraído del libro "El Duodécimo Planeta".

A la derecha entre dos figuras se aprecia lo que Sitchin ha identificado como el Sistema Solar, en una muestra clara de los elevadísimos conocimientos astronómicos de los sumerios.

 En la imagen de abajo vemos un esquema más claro de dicha representación y que Sitchin define de la siguiente manera:

"......Al observar detenidamente una ampliación del Sistema Solar representado sobre el cilindro VA/243, se puede observar que los "puntos" que rodean la estrella son de hecho esferas.

Al pequeño Mercurio le sigue un Venus más grande. 

A la Tierra, del mismo tamaño de Venus, le acompaña una Luna pequeña.

A continuación, en dirección contraria a las agujas del reloj, se ve a Marte, más pequeño que la Tierra aunque más grande que la Luna o Mercurio.

Luego la antigua representación muestra un planeta desconocido para nosotros, bastante más grande que la Tierra aunque más pequeño que Júpiter y Saturno, que se observan claramente a continuación.




Más adelante, otra pareja concuerda perfectamente con nuestros Urano y Neptuno. Por último, también se encuentra allí el pequeño Plutón, aunque no donde lo ubicamos en la actualidad (después de Neptuno), sino entre Saturno y Urano......"

Las anomalías detectadas con el nuevo planeta entre la Tierra y Júpiter, y la extraña ubicación de Plutón, corresponderían a la irrupción cada 3.600 años de un planeta extrasolar que en sus orígenes desvió la órbita de Plutón a su actual posición y que chocó seguidamente con un planeta situado donde se encuentra el cinturón de asteroides, que serían los restos de esa colisión. Posteriormente , lo que quedó del planeta acercó su órbita al Sol, y es nuestro actual mundo, la Tierra.

Los antiguos sumerios llamaban al planeta del que se desgajó la Tierra, Tiamat, y al planeta intruso que originó el choque, Nibiru, de donde procedían sus dioses.

Según la mitología sumeria de este choque surgió la vida en la Tierra.

Hoy en día, son muchos los científicos que opinan que la vida en la Tierra tal vez tuvo su inicio por la presencia de organismos extraterrestres procedentes de meteoritos u otros cuerpos del espacio exterior que impactaron hace millones de años sobre la Tierra.

Para los sumerios, al igual que para otros muchos pueblos de la antigüedad, sus dioses fueron seres de carne y hueso que un día habitaron entre ellos y de los que aprendieron numerosas actividades y normas de convivencia. Realidad o mito, esta es una constante fija e invariable que se repite sin cesar a lo largo de todas las antiguas culturas del mundo.
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